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SÍ, PERO… lo que se esconde detrás de esa frase

¿A quién no le ha pasado escuchar un “sí, pero…” después de aseverar una frase que pareciera tener demasiado sentido? El agua es un elemento indispensable para la vida… Sí, pero muchas veces está contaminada. Lo pasamos súper bien hoy… Sí, pero los canapés no estaban tan ricos. Me encanta mi celular nuevo… Sí, pero tienes que tener cuidado con la radiación. Que linda es la ciudad de Nueva York… Sí, pero no viviría ahí.

Como si lo que viniera después del “sí, pero” cambiara el sentido de lo que se dijo antes. Que exista contaminación o que la Gran Manzana no sea muy amigable para habitar, no quita ni un pelo de cierto al hecho de que el H2O es vital y que NY tiene cosas impresionantemente bellas.

Las personas que suelen usar los “sí, pero…” seguramente no lo hacen con la intención de quitarle importancia ni veracidad a lo que ha sido verbalizado un par de palabras antes. Como bien propone Ben Shahar (2005) esto parece tener relación con si elegimos enfocarnos en las características positivas o negativas de las personas, de nosotros mismos y de las cosas que nos rodean.

El foco que elegimos, positivo o negativo, determinaría lo que vemos. Una persona que presta atención a lo negativo, ve lo malo como la fuerza activa en el mundo, y lo bueno como la ausencia de lo malo. En el caso contrario, si la atención está puesta sobre lo positivo, la persona percibe lo bueno como la fuerza generativa de la realidad, mientras que lo malo se basa en la falta de bondad.

El autor plantea que no es coincidencia que en la mayoría de las experiencias metafísicas se describe el bien como una luz y el mal como la oscuridad o ausencia de claridad. Una esquina de sombra no contagia oscuridad al resto de una habitación iluminada, como sí una simple vela puede alumbrar un espacio en penumbras.


Tener o no tener suerte, ese es el mito

Los amuletos, los gatos negros, caminar debajo de una escalera, pasarse la sal en la mano… factores que serían determinantes de nuestro futuro próximo, según la cultura popular transmitida de generación en generación. Sin embargo, la ciencia no dice lo mismo…

El psicólogo británico Richard Wiseman se dedicó a investigar lo que él llamó “Factor Suerte” (nombre que lleva uno de sus libros publicado en 2003), para determinar si era cierto que existen personas con “más suerte” que otras. Concluyó que la fortuna de cada uno sólo tiene como responsable a los propios pensamientos y conductas.

Según Wiseman, lo que distinguiría a una persona “con suerte” de una sin, son las siguientes cuatro características:

- Tiene la habilidad de crear y de darse cuenta cuando surgen nuevas oportunidades

- Escucha a su intuición para tomar decisiones

- Crea profecías auto cumplidas al tener expectativas positivas de sí mismo

- Mantiene una actitud resiliente que transforma su suerte de mala a buena.

Los tests de personalidad han demostrado que las personas con “mala suerte” son más ansiosas y tensas. La habilidad para atender a lo inesperado se ve mermada con esta ansiedad perdiendo incluso oportunidades beneficiosas. Un clásico ejemplo es la gente que va a una fiesta buscando la pareja perfecta. En este camino desechan la posibilidad de conocer nuevos amigos. Por el contrario, “los suertudos” son más abiertos y relajados, y logran ver lo que hay frente a sus ojos en vez de perder tiempo y energía en busca de un ideal.


¿El ejercicio nos hace más inteligentes?

Cabeza de músculo: dícese de las personas obsesionadas con su físico, que pasan muchas horas al día preocupados por su apariencia. Esto incluye largas jornadas en el gimnasio y dietas especiales. La definición está sacada de un diccionario de modismos chilenos, y a eso le agregaría que, comúnmente, el dicho se usa para calificar a sujetos que no son muy inteligentes o que ven a su cerebro como un músculo más de su anatomía y no cómo un órgano pensante.

Pero las recientes investigaciones sobre lo que le pasa al cerebro mientras nos ejercitamos ponen en duda esta lógica. Se sabe que la mente es capaz de producir nuevas celulas cerebrales (proceso llamado neurogénesis) y que la actividad física estimula esta producción. Pero eso no es todo… La neurogénesis mejora el nivel de pensamiento!!! Es decir, al ejercitarnos, se crean más neuronas y pensamos mejor. Maravilloso, no?

Lo novedoso es que se descubrió por qué sucede esto. Y aquí el NYT nos da el dato duro de la investigación: El cerebro está lleno de células madres que pueden producir nuevas neuronas. Sin embargo, existe una proteína (BMP) que controla la división celular. Es decir, mientras más activa está la proteína, más flojas se ponen las células madres para multiplicarse. Y aquí es donde entra en acción la actividad física, porque de alguna manera detiene la actividad de esta proteína, desinhibiendo a las células madres en su manufactura.

No quedan excusas para comenzar a mover el esqueleto y ponerse en forma. Incluso los intelectuales cuentan ahora con una motivación racional. Se demostró que los ratones en los laboratorios rendían mejor en los laberintos y otras pruebas de inteligencia para roedores, cuando se les permitía correr en sus ruedas. Sin cola, ni bigotes, ni una capa tupida de pelos, la inteligencia humana también se vería beneficiada de un poco de entrenamiento corporal. Cerebro y músculos; ambos se potencian con el ejercicio físico.


Vuelve a la naturaleza… ¡Y disfruta de sus beneficios!

Es inevitable. Quienes vivimos en la ciudad estamos rodeados de cemento, contaminación y una cotidianeidad cada vez más artificial, que nos aleja de los innumerables favores que el contacto con la naturaleza nos aporta. Entonces, ¿Por qué no ponerse un poco más verde y disfrutar de los beneficios gratuitos del entorno?

De los más recientes descubrimientos sobre lo bueno de esta relación, destacan las que demuestran que la exposición a la naturaleza tiene un efecto restaurador a nivel cerebral, en la capacidad de atención. Sin embargo, para los que vivimos en las urbes de concreto, se nos hace cada vez más difícil encontrar una pradera con árboles, pájaros volando en un cielo libre de smog e incluso el olor a tierra después de una lluvia se ha transformado en algo desconocido por estos lados.

Entonces, ante un mal día o el extremo cansancio, no tenemos la posibilidad de salir para escapar de los estresores cotidianos. Se suele pensar que el televisor es un aliado, pero… ¡No lo es! Para lograr que el televidente no cambie de canal, los programas están diseñados para capturar nuestra atención en vez de alivianarnos la carga mental, dejándonos con altas tasas de irritabilidad.

No es de extrañar, entonces, que los estudios recientes prueben que las personas privadas del contacto con el medio ambiente muestren mayores índices de agresividad y por el contrario, el contacto diario con la naturaleza se asocia a niveles positivos de autocontrol. Esto se traduce en una mejora en la concentración, inhibición de la impulsividad, tolerancia hacia la frustración y en la habilidad de posponer la gratificación inmediata.


“Vagabundeo racional”: ¿El más eficiente proceso mental?

Vivimos en una sociedad donde se valora el control; el control de las conductas, de lo que decimos, de lo que sentimos, e incluso de lo que pensamos. Bajo este contexto, el soñar despierto o hacer un “vagabundeo racional” en algunos momentos del día muchas veces resulta ser una completa pérdida del control de nuestros pensamientos racionales, dificultando también nuestra capacidad de concentración para realizar distintas tareas relacionadas principalmente con estudiar o trabajar.

Pareciera ser entonces que la respuesta es clara, soñar despierto o divagar en estos llamados vagabundeos racionales es improductivo e inútil, sin embargo, nuevos estudios vienen a proponer lo contrario, al demostrar que ese “vagabundeo racional”, que ocurre cuando surgen pensamientos que no tienen ninguna relación con la tarea que estamos llevando a cabo, es muy común y es útil para varios propósitos.

¿Algunos ejemplos? Durante una caminata nuestra mente puede divagar el 30% del tiempo. Y si estamos manejando a lo largo de una carretera recta y vacía, incluso 75%. Los investigadores plantean que la vida sería terrible si no pudiésemos escapar mentalmente de aquellas labores que resultan muy aburridas, como conducir en un taco. Es mucho más placentero soñar acerca de las próximas vacaciones y es mucho más provechoso reflexionar sobre las cosas a hacer después de bajarse del auto.

Y es que una mente errante puede promover la resolución de problemas, mediante el llamado “efecto de incubación”. A veces no logramos recordar un nombre o una palabra determinada; y a pesar de que seguimos adelante con nuestras actividades, en algún momento la mente comenzará a divagar y entonces, ¡nos acordamos! Ocurre algo similar cuando tenemos que encontrar una solución a alguna dificultad cotidiana o más compleja.


Mientras más grande tu sonrisa, más vida tendrás?

No es novedad que las personas que sonríen más, tienden a ser más felices, a tener personalidades más estables, matrimonios más sólidos, mejores habilidades cognitivas e interpersonales. Ahora se suma una investigación reciente que demostró que los sujetos que tienen sonrisas grandes viven más.

El estudio se basó en las fotos de cientos de jugadores de baseball, en las cuales se midió la presencia de sonrisas. Aun cuando se controlaron otras variables asociadas a la longevidad, se evidenció el gran efecto que puede tener usar los músculos del rostro para curvar la boca. El promedio de edad de aquellos que no mostraron sonrisa fue de 72,9 años, los con sonrisa parcial vivieron hasta los 75 años, y los que sonrieron con ganas llegaron hasta los 79,9!!!


El poder de la autoconfianza ante el síndrome del “Impostor”

Solo el ser humano tiene la capacidad de mirarse a sí mismo y generar una autocrítica respecto de las cosas que piensa, siente o hace. Este “crítico interno” nos permite adecuarnos socialmente y superarnos en algunos aspectos. Sin embargo, muchos solemos volvernos esclavos de nuestro propio Pepe Grillo, con descalificaciones que amenazan nuestra autoconfianza y felicidad.

El “crítico interno” es injusto y persistente; ataca cuando nos sentimos más inseguros y vulnerables, y no duda en juzgar las decisiones que fueron más difíciles de tomar. Es definitivamente un tirano, que trae consigo dolor, ansiedad y estrés; pero es una parte de nuestro ser.

Podemos llegar a ser muy duros, e incluso destructivos, con nosotros mismos cuando nos caemos; y muy boicoteadores cuando nos levantamos. He ahí el gran problema, la dificultad para callar a esa voz interna juzgadora, mientras se intenta rescatar la historia paralela; aquella en la cual florecen los logros, las satisfacciones y las fortalezas.


 

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